Pero la burguesía no escarmienta. La resistencia de los mineros no hace sino exacerbarla aún más. En lugar de valorar este paso adelante en el movimiento general de los trabajadores, la clase propietaria vio en él únicamente un motivo de furia contra una clase de personas lo suficientemente necias como para declararse insumisas al trato que hasta entonces habían recibido.
Vio en las justas demandas de los trabajadores desposeídos tan solo un descontento impertinente, una rebelión demencial contra el «orden divino y humano» y, en el mejor de los casos, un triunfo (que la burguesía debe combatir con todas sus fuerzas) logrado por «demagogos malintencionados que viven de la agitación y son demasiado perezosos para trabajar».
Trató, por supuesto, sin éxito, de hacer ver a los trabajadores que Roberts y los agentes del Sindicato —a quienes el Sindicato, con toda naturalidad, tenía que pagar— eran unos estafadores insolentes que extraían hasta el último céntrico de los bolsillos de los obreros.
Cuando semejante insensatez prevalece en la clase propietaria, cuando está tan cegada por su beneficio momentáneo que ya no tiene ojos para los signos más evidentes de los tiempos, es indudable que debe abandonarse toda esperanza de una solución pacífica de la cuestión social en Inglaterra. La única solución posible es una revolución violenta, que no dejará de producirse.