Los obreros cartistas, por el contrario, abrazaron con celo redoblado todas las luchas del proletariado contra la burguesía.
La libre competencia ha causado a los trabajadores suficientes sufrimientos como para ser odiada por ellos; sus apóstoles, la burguesía, son sus enemigos declarados. El obrero solo tiene desventajas que esperar de la completa libertad de competencia. Las demandas hechas hasta ahora por él, la Ley de las Diez Horas, la protección de los trabajadores contra el capitalista, los buenos salarios, una posición garantizada, la derogación de la nueva Ley de Pobres, todas las cosas que pertenecen al cartismo de manera tan esencial como los «Seis Puntos», se oponen directamente a la libre competencia y al libre cambio.
No es de extrañar, pues, que los obreros no quieran oír hablar del libre cambio y de la derogación de las leyes cerealistas (un hecho incomprensible para toda la burguesía inglesa) y que, si bien al menos son totalmente indiferentes a la cuestión de las leyes cerealistas, estén profundamente exasperados contra sus defensores. Esta cuestión es precisamente el punto en el que el proletariado se separa de la burguesía, el cartismo del radicalismo; y el entendimiento burgués no puede comprender esto, porque no puede comprender al proletariado.
En ello radica la diferencia entre la democracia cartista y toda democracia política burguesa anterior. El cartismo es de naturaleza esencialmente social, un movimiento de clase. Los «Seis Puntos», que para el burgués radical son el principio y el fin de todo, destinados a lo sumo a impulsar ciertas reformas adicionales de la Constitución, son para el proletariado un mero medio para alcanzar fines ulteriores.