carecen de los conocimientos necesarios para formarse un juicio correcto, tienen que cargar con las consecuencias nefastas. La escolarización obligatoria no existe. En las fábricas es, como veremos, puramente nominal; y cuando en la legislatura de 1843 el Ministerio se mostró dispuesto a hacer efectiva esta obligatoriedad nominal, la burguesía manufacturera se opuso a la medida con todas sus fuerzas, a pesar de que la clase trabajadora se había manifestado abiertamente a favor de la escolarización obligatoria. Además, una multitud de niños trabaja toda la semana en las fábricas o en el hogar y, por tanto, no puede asistir a la escuela. Las escuelas nocturnas, a las que supuestamente deberían asistir los niños empleados durante el día, están casi abandonadas o se frecuentan sin provecho alguno. Es pedir demasiado que unos jóvenes trabajadores que se han estado consumiendo durante doce horas al día acudan a la escuela de ocho a diez de la noche. Y aquellos que lo intentan suelen quedarse dormidos, como lo atestiguan cientos de testigos en el Informe de la Comisión de Empleo Infantil (Children’s Employment Commission’s Report). Es cierto que se han fundado escuelas dominicales, pero estas también están de lo más escasamente provistas de maestros y solo pueden ser de utilidad para quienes ya han aprendido algo en las escuelas diurnas. El intervalo de un domingo a otro es demasiado largo para que un niño ignorante recuerde en la segunda sesión lo que aprendió en la primera, una semana antes. El Informe de la Comisión de Empleo Infantil aporta un centenar de pruebas, y la propia Comisión expresa con el mayor énfasis la opinión de que ni las escuelas de entre semana ni las dominicales satisfacen en lo más mínimo las necesidades de la nación. Dicho informe da testimonio de una ignorancia en la clase trabajadora de Inglaterra que difícilmente podría esperarse en España o en Italia. No puede
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