«El poder político nuestro medio, la felicidad social nuestro fin», es ahora el grito de guerra claramente formulado de los cartistas. La «cuestión del cuchillo y el tenedor» del predicador Stephens fue una verdad solo para una parte de los cartistas en 1838; en 1845 es una verdad para todos ellos. Ya no queda un mero político entre los cartistas, y aunque su socialismo esté muy poco desarrollado, aunque su principal remedio contra la miseria haya consistido hasta ahora en el sistema de parcelas de tierra, que quedó obsoleto con la introducción de la manufactura, aunque sus principales propuestas prácticas sean aparentemente de naturaleza reaccionaria, estas mismas medidas entrañan la alternativa de que o bien deben sucumbir nuevamente al poder de la competencia y restaurar el viejo orden de cosas, o bien deben superar y abolir por completo la competencia misma. Por otra parte, el actual estado indefinido del cartismo, su separación del partido puramente político, implica que precisamente su rasgo característico, su aspecto social, tendrá que desarrollarse aún más. El acercamiento al socialismo es inevitable, especialmente cuando la próxima crisis empuje a los obreros por la fuerza de la pura necesidad hacia remedios sociales en lugar de políticos. Y a la actual fase de actividad en la industria y el comercio le seguirá una crisis, a más tardar en 1847 y probablemente en 1846; una crisis, además, que superará con creces en alcance y violencia a todas las anteriores. Los obreros conseguirán su Carta, naturalmente; pero entretanto aprenderán a ver con claridad respecto a muchos puntos que pueden alcanzar por medio de ella y de los cuales ahora saben muy poco.
Mientras tanto, la agitación socialista también sigue adelante. El socialismo inglés entra en nuestra consideración sólo en la medida en que afecta a la clase trabajadora.