rescatado su inteligencia, sino que la han cultivado y aguzado más que los demás trabajadores, solo han encontrado esto posible en la rebelión contra su destino y contra la burguesía, el único tema sobre el cual, bajo cualquier circunstancia, pueden pensar y sentir mientras trabajan. O, si esta indignación contra la burguesía no se convierte en la pasión suprema del trabajador, la consecuencia inevitable es la embriaguez y todo aquello que generalmente se denomina desmoralización. La enervación física y la enfermedad, universales como consecuencia del sistema fabril, bastaron para inducir al comisario Hawkins a atribuir a este la desmoralización como algo inevitable; ¡cuánto más cuando a ellas se añade el hastío mental y cuando las influencias ya mencionadas, que tientan a todo trabajador hacia la desmoralización, se hacen sentir también aquí! No hay motivo de sorpresa, por lo tanto, de que, especialmente en las ciudades manufactureras, la embriaguez y los excesos sexuales hayan alcanzado el grado que ya he descrito.
Además, la esclavitud en la que la burguesía mantiene encadenado al proletariado no se hace en ninguna parte tan evidente como en el sistema fabril.
Aquí terminan toda libertad de derecho y de hecho. El obrero debe estar en la fábrica a las cinco y media de la mañana; si llega un par de minutos tarde, se le multa; si llega diez minutos tarde, no se le deja entrar hasta que haya terminado el desayuno y se le retiene la cuarta parte del jornal del día, aunque solo pierda dos horas y media de trabajo de doce.
Debe comer, beber y dormir a toque de orden. Para satisfacer las necesidades más imperativas se le concede el tiempo mínimo absoluto exigido por ellas. Al empleador no le importa si su vivienda dista media hora o una hora entera de la fábrica. La campana despótica lo arranca de su cama, de su desayuno, de su comida.