quien conoce las letras sabe leer lo suficiente como para tranquilizar la conciencia de los fabricantes. Y si se reflexiona sobre la confusa ortografía de la lengua inglesa, que convierte la lectura en una de esas artes que solo se aprenden tras una larga instrucción, esta ignorancia se comprende fácilmente. Muy pocas personas de la clase trabajadora escriben con soltura; y escribir con corrección ortográfica escapa incluso a las facultades de muchas personas «educadas». Las escuelas dominicales de la Iglesia de Estado, de los cuáqueros y, creo, de varias sectas más, no enseñan a escribir «porque es una ocupación demasiado mundana para el domingo». La calidad de la instrucción que se ofrece a los trabajadores en otros aspectos puede juzgarse a partir de un par de ejemplos extraídos del Informe de la Comisión de Empleo Infantil, el cual, desgraciadamente, no abarca el trabajo en las hilanderías propiamente dicho:
«En Birmingham —dice el comisario Grainger—, los niños examinados por mí carecen en absoluto, en su conjunto, de todo lo que pueda llamarse, ni remotamente, una educación útil. Aunque en casi todas las escuelas se imparte exclusivamente instrucción religiosa, reinaba la más profunda ignorancia incluso sobre esa materia».—«En Wolverhampton —dice el comisario Horne—, hallé, entre otros, el ejemplo siguiente: una niña de once años había asistido tanto a la escuela diurna como a la dominical, “jamás había oído hablar de otro mundo, del Cielo o de otra vida”. Un muchacho de die7 y siete años no sabía que dos por dos son cuatro, ni cuántos farthings hay en dos peniques, aun cuando se le puso el dinero en la mano. Varios muchachos jamás habían oído hablar de Londres ni de Willenhall, a pesar de que este último lugar estaba a solo una hora a pie de sus hogares y mantenía una relación muy estrecha con Wolverhampton. Varios