mantiene encadenada a la burguesía; y si por casualidad tiene alguna religión, la tiene solo de nombre, ni siquiera en teoría. En la práctica vive para este mundo y se esfuerza por encontrarse en él como en su propia casa. Todos los escritores de la burguesía son unánimes en este punto: los obreros no son religiosos y no van a la iglesia. De esta afirmación general se debe exceptuar a los irlandeses, a unas pocas personas mayores y a los semiburgueses, los capataces, contramaestres y similares. Pero entre las masas impera casi universalmente una total indiferencia hacia la religión o, a lo sumo, algún rastro de deísmo demasiado poco desarrollado para significar más que meras palabras, o un vago temor a las palabras infiel, ateo, etc. El clero de todas las sectas goza de muy mala reputación entre los obreros, aunque la pérdida de su influencia sea reciente. En la actualidad, sin embargo, el mero grito de: «¡Es un cura!» suele bastar para expulsar a un eclesiástico de la tribuna de una reunión pública. Y, al igual que el resto de las condiciones en las que vive, su falta de cultura religiosa y de otro tipo contribuye a mantener al obrero más desenfadado, más libre de dogmas estables heredados y de opiniones hechas y derechas que el burgués, quien está saturado de los prejuicios de clase que le han inculcado desde su más tierna infancia. No hay nada que hacer con el burgués; es esencialmente conservador, por muy liberal que sea su apariencia; sus intereses están ligados a los de la clase propietaria; está muerto para todo movimiento activo; está perdiendo su puesto en la vanguardia del desarrollo histórico de Inglaterra. Los trabajadores están tomando su lugar, por derecho legítimo primero, y luego en los hechos.
Todo esto, junto con la correspondiente acción pública de los trabajadores, de la que nos ocuparemos más adelante, forma el lado