enseguida empezaban a corretear por cualquier patio cercano y a dar comienzo a sus jueguecitos con la misma presteza que los muchachos que salen de la escuela.”
¡Naturalmente! ¡Como si el movimiento inmediato de cada músculo no fuera una necesidad urgente para unos cuerpos a la vez agarrotados y relajados! Pero Ure debió haber esperado para ver si esta excitación momentánea no se había calmado después de un par de minutos. ¡Y además, Ure solo podía ver toda esta función por la tarde, después de cinco o seis horas de trabajo, pero no por la noche! En cuanto a la salud de los obreros, el burgués tiene la desvergüenza sin límites de citar el informe de 1833 recién mencionado en mil lugares, como testimonio de la excelente salud de esta gente; de tratar de demostrar mediante citas aisladas y tergiversadas que no se puede encontrar rastro alguno de escrófulas entre ellos, y —lo cual es muy cierto— de que el sistema fabril los libra de todas las enfermedades agudas (naturalmente, oculta que en su lugar padecen toda clase de afecciones crónicas). Para explicar la desvergüenza con que nuestro amigo Ure endilga las más groseras patrañas al público inglés, hay que saber que el informe consta de tres grandes volúmenes en folio, que a ningún burgués inglés bien alimentado se le ocurre estudiar de cabo a rabo. Oigamos además cómo se expresa respecto a la Ley de Fábricas de 1834, aprobada por la burguesía liberal, y que impone solo las más exiguas limitaciones a los fabricantes, como veremos. Esta ley, especialmente su cláusula de educación obligatoria, la califica de medida absurda y despótica dirigida contra los fabricantes, por la cual todos los niños menores de doce años han quedado sin empleo; ¿y con qué resultados? Los niños así despedidos de su ocupación ligera y útil no reciben educación alguna; arrojados de la cálida hilandería a un mundo frío, subsisten únicamente mendigando y robando, una vida que contrasta tristemente con su condición de constante mejora en la fábrica y en la escuela dominical. Bajo la máscara de la filantropía, esta ley intensifica los sufrimientos de los pobres y restringirá en gran medida al fabricante concienzudo en su útil labor, si es que no la detiene por completo.