los fabricantes, además de verse forzados a mayores concesiones hacia sus obreros por la agitación entre estos últimos, suelen estar preparados para la inspección de las fábricas, haciéndolas barrer, reduciendo la velocidad de la maquinaria, etc. En Lancashire, especialmente, recurrieron a la artimaña de llevar a los capataces de las salas de trabajo ante los comisarios y dejar que testificaran como obreros sobre la humanidad de los empleadores, los efectos saludables del trabajo y la indiferencia, cuando no la hostilidad, de los obreros hacia el proyecto de ley de las diez horas. Pero estos no son obreros genuinos; son desertores de su clase que han entrado al servicio de la burguesía por una mejor paga y combaten en interés de los capitalistas contra los trabajadores. Su interés es el de los capitalistas y, por tanto, son casi más odiados por los trabajadores que los propios fabricantes.
Y, sin embargo, este informe basta plenamente para exhibir la más vergonzosa irreflexión de la burguesía manufacturera hacia sus empleados, toda la infamia del sistema de explotación industrial en su plena inhumanidad. Nada resulta más repugnante que comparar el largo registro de enfermedades y deformidades engendradas por el exceso de trabajo, en este informe, con la fría y calculadora economía política de los fabricantes, mediante la cual intentan demostrar que ellos, y con ellos toda Inglaterra, habrían de arruinarse si se les prohibiera aleccionar —o más bien estropear— a tantos y cuantos niños cada año. El lenguaje del Dr.