sociales actuales. Cuando se alcanzaba el fin momentáneo, todo el peso del poder social recaía sobre los malhechores desprotegidos y los castigaba a placer, mientras la maquinaria era introducida de todos modos. Hubo que encontrar una nueva forma de oposición.
Llegados a este punto, la ayuda vino en forma de una ley promulgada por el viejo parlamento oligárquico y tory, no reformado; una ley que jamás habría podido ser aprobada en la Cámara de los Comunes más tarde, cuando la Ley de Reforma hubo consagrado legalmente la distinción entre burguesía y proletariado, convirtiendo a la burguesía en la clase gobernante. Esta ley fue promulgada en 1824 y derogaba todas aquellas disposiciones por las cuales se habían prohibido hasta entonces las coaliciones entre obreros con fines laborales. Los obreros obtuvieron un derecho hasta entonces restringido a la aristocracia y a la burguesía: el derecho de libre asociación. Es cierto que ya antes habían existido coaliciones secretas, pero nunca pudieron lograr grandes resultados. En Glasgow, como relata Symonds, se había producido en 1812 una huelga general de tejedores promovida por una asociación secreta. Se repitió en 1822, y en esta ocasión se arrojó vitriolo a la cara de dos obreros que no quisieron unirse a la asociación y que, por tanto, fueron considerados por los miembros como traidores a su clase. Ambos agredidos perdieron la vista a consecuencia de las lesiones. Asimismo, en 1818, la asociación de mineros escoceses era lo suficientemente poderosa como para llevar a cabo una huelga general. Estas asociaciones exigían a sus miembros un juramento de fidelidad y secreto, disponían de listas regulares, tesoreros, contables y secciones locales. Pero el secreto con el que se conducía todo paralizaba su crecimiento. Cuando, por el contrario, el obrero recibió en 1824 el derecho de libre asociación, estas combinaciones se extendieron muy pronto por toda Inglaterra y alcanzaron un gran poder. En todas las ramas de la industria se formaron Trades Unions con el propósito