“En realidad, eran sus altos salarios los que les permitían mantener a un comité remunerado en la opulencia, y mimarse hasta el punto de sufrir dolencias nerviosas, debido a una dieta demasiado rica y estimulante para sus ocupaciones sedentarias”.
Oigamos cómo el burgués describe el trabajo de los niños:
“He visitado muchas fábricas, tanto en Mánchester como en los distritos circundantes, durante un período de varios meses, entrando en las salas de hilatura de forma imprevista, y a menudo solo, a distintas horas del día, y nunca vi un solo caso de castigo corporal infligido a un niño; ni, en verdad, vi nunca a niños de mal humor. Parecían estar siempre alegres y vivaces; complaciéndose en el ligero juego de sus músculos, disfrutando de la movilidad natural a su edad. El escenario de la industria, lejos de despertar emociones tristes en mi mente, resultaba siempre estimulante. Era encantador observar la agilidad con la que remataban los hilos rotos, a medida que el carro de la selfatina comenzaba a retroceder desde el puente fijo, y verlos con total desahogo, tras unos pocos segundos de ejercicio de sus diminutos dedos, divertirse en la postura que eligieran, hasta que el estirado y el bobinado volvían a completarse. La labor de estos vivos duendecillos parecía asemejarse a un juego, en el que la costumbre les otorgaba una destreza placentera. Conscientes de su habilidad, estaban encantados de lucirla ante cualquier extraño. En cuanto al agotamiento por la faena del día, no mostraban rastro alguno de él al salir de la fábrica por la tarde; pues