extrema dificultad de evitar las seducciones del vicio cuando se presentan en estrecha y diaria proximidad con la parte más joven del pueblo. Piense lo que se piense de la fortaleza de la virtud, la experiencia demuestra que las clases altas deben su exención de crímenes atroces o hábitos desordenados principalmente a su afortunado alejamiento de la escena de la tentación; y que, allí donde se ven expuestas a las seducciones que acosan a sus inferiores, no van a la zaga a la hora de ceder ante su influencia. Es la desgracia peculiar de los pobres en las grandes ciudades que no pueden huir de estas irresistibles tentaciones, sino que, por dondequiera que se giren, salen a su encuentro las formas seductoras del vicio o los encantos del goce culpable. Es la experimentada imposibilidad de ocultar los atractivos del vicio a los más jóvenes de entre los pobres en las grandes ciudades lo que los expone a tantas causas de desmoralización. Todo esto no proviene de ninguna depravación desacostumbrada o extraordinaria en el carácter de estas víctimas del libertinaje, sino de la naturaleza casi irresistible de las tentaciones a las que los pobres se ven expuestos. Los ricos, que censuran su conducta, cederían con toda probabilidad tan rápidamente como ellos a la influencia de causas similares. Hay un cierto grado de miseria, una cierta proximidad al pecado, que la virtud rara vez es capaz de soportar y que los
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