Hay que admitir, aun si no lo hubiera demostrado tantas veces en detalle, que los obreros ingleses no pueden sentirse felices en esta condición; que el suyo no es un estado en el que un hombre o toda una clase de hombres puedan pensar, sentir y vivir como seres humanos.
Los trabajadores deben esforzarse, por tanto, por escapar de esta condición deshumanizadora, por asegurarse una posición mejor y más humana; y esto no pueden hacerlo sin atacar el interés de la burguesía, que consiste en explotarlos.
Pero la burguesía defiende sus intereses con todo el poder que ponen a su disposición la riqueza y el poderío del Estado. A medida que el trabajador se decide a alterar el actual estado de cosas, el burgués se convierte en su enemigo declarado.
Además, se le hace sentir al obrero a cada momento que la burguesía lo trata como a un bien mueble, como a su propiedad, y por esta razón, si no por otra, debe presentarse como su enemigo. He demostrado de cien maneras en las páginas precedentes, y podría haberlo hecho de cien otras, que, en nuestra sociedad actual, él solo puede salvar su condición humana mediante el odio y la rebelión contra la burguesía. Y puede protestar con la más violenta pasión contra la tiranía de la clase propietaria, gracias a su educación, o más bien a su falta de educación, y a la abundancia de ardiente sangre irlandesa que fluye por las venas de la clase trabajadora inglesa. El obrero inglés ya no es inglés hoy en día; no es un calculador ávido de dinero como su rico vecino. Posee sentimientos más plenamente desarrollados, su fría naturaleza norteña se ve avasallada por el desarrollo desenfrenado de sus pasiones y el dominio que estas ejercen sobre él.