causarnos sorpresa, pues no es más que la consecuencia lógica del principio implícito en la libre competencia. Pero bien puede sorprendernos que la burguesía permanezca tan tranquila y serena ante los nubarrones que se agrupan con rapidez, que pueda leer todas estas cosas a diario en los periódicos sin, no diremos indignación ante semejante condición social, sino miedo a sus consecuencias, a un estallido universal de aquello que se manifiesta sintomáticamente día a día en forma de crimen. Pero claro, es la burguesía, y desde su punto de vista ni siquiera puede ver los hechos, y mucho menos percibir sus consecuencias. Una sola cosa es asombrosa: que los prejuicios de clase y las opiniones preconcebidas puedan mantener a toda una clase de seres humanos en una ceguera tan perfecta, casi diría que tan demencial. Mientras tanto, el desarrollo de la nación sigue su curso, tenga o no la burguesía ojos para verlo, y sorprenderá un día a la clase propietaria con cosas que ni siquiera imagina su filosofía.
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