Horas fuera una medida definitiva, tendría que arruinar a Inglaterra; pero puesto que ha de traer inevitablemente consigo otras medidas que introducirán a Inglaterra en un camino totalmente diferente al seguido hasta ahora, solo puede resultar un avance.
Pasemos a otro aspecto del sistema fabril que no puede remediarse mediante disposiciones legislativas con tanta facilidad como las enfermedades engendradas por este. Ya hemos aludido de manera general a la naturaleza de la ocupación, y con suficiente detalle como para poder deducir ciertas conclusiones de los hechos expuestos. La vigilancia de la maquinaria, el empalme de los hilos rotos, no es ninguna actividad que reclame las facultades intelectuales del obrero, pero es de tal índole que le impide ocupar su mente en otras cosas. Hemos visto también que este trabajo no ofrece a los músculos oportunidad alguna de actividad física. Así es, propiamente hablando, no un trabajo, sino tedio, el proceso más embrutecedor y desgastador que pueda concebirse. El obrero está condenado a dejar que sus facultades físicas y mentales se atrofien en esta absoluta monotonía; su misión consiste en aburrirse todos los días y durante todo el día desde su octavo año de vida. Además, no debe tomarse ni un momento de descanso; el motor se mueve sin cesar; las ruedas, las correas, los husos zumban y traquetean en sus oídos sin pausa, y si intenta robar un solo instante, ahí está el capataz a sus espaldas con el libro de multas. Esta condena a ser enterrado vivo en la hilandería, a prestar atención constante a la máquina infatigable, es sentida como el suplicio más agudo por los obreros, y su acción sobre la mente y el cuerpo resulta, a la larga, sumamente atrofiante. No hay mejor medio para inducir a la estupidización que un período de trabajo en una fábrica y si los obreros, a pesar de todo, no solo han