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Ya el brillante Amador, que ganó el fiel y desleal amor de Larisea, había inclinado sus corceles hacia donde yace, ceñida por la gran Laguna, Temistitán, dejando el mundo occidental atrás: el aliento de Favonio templa el ardor del Sol, y sobre los estanques naturales su viento encrespa el espejo marino, y despierta al Lirio que dormita con el Jazmín durante la quietud del mediodía: