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“Y dime, te ruego, además, cómo por el piélago te extraviaste largo tiempo en este viaje a través de mares bravíos, al presenciar las bárbaras costumbres de estirpe ajena que nuestra toscamente agreste África te mostró:
¡Comienza! Pues ya el equipo de riendas doradas se acerca, y arrastra el carro del nuevo Sol, incrustado de taracea, desde los fríos cielos de la Aurora: duerman viento y agua, la olécula yace mansa.