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Entró María, la más bella entre las bellas, en los salones de altísimos torreones del palacio de su padre; encantador era su porte, aunque la alegría estaba aplastada por la pesadumbre que llenaba sus hermosos ojos de lágrimas marchitas; y ondeaba su gloriosa riqueza de cabellos dorados sobre su cuello y sus hombros de blancura marfileña: se antepuso a su gozoso progenitor, y le relató su cometido con este conmovido talante:—