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Esa, que por volverse aprisa a la obra finge el pudor propio de la doncella cazadora, esconde sus miembros en la ola; otra se esfuerza en arrebatar la ropa tendida en la orilla del arroyo.
Joven hay que se zambulle en el río completamente vestido y calzado (por temor a que, retrasado demasiado tiempo al despojarse de los vestidos, pierda el juego), para apagar en el agua el fuego devorador del Amor.