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Al fin, rodeado de su taimada tripulación, el pérfido moro se despidió de nuestras naves, prodigando a todos un falso bel-accoyle, con frases hermosas y alegres destinadas a engañar.
Pronto volaron sus barquichuelos sobre el estrecho camino; y, desembarcando a salvo de la ola neptuniana, el moro, a quien su séquito obsecuente saluda, recupera su hogar y su asiento habitual.