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“Y fue que el mal de un hondo hastío, el peor que jamás presencié, vino a robar las vidas de muchos; y muy ajeno polvo sepultó para siempre sus huesos con tristísimo dolor.
¿Quién sino un testigo ocular creyera mis palabras? De tal deforme y espantosa manera se hinchaban la boca y las encías, que crecían carnes granadas en abundancia hasta que la gangrena parecía envenenar toda la sangre: