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Su pérdida lloran los altos Promontorios, y de los ríos ondulantes raudales de dolor anegan con lagunatos el maíz acampanado, y las lágrimas furtivas son el único consuelo de la pena: mas resuenan con tanta fuerza por el confín más extremo de la Tierra la fama y las hazañas de nuestro gran jefe perdido, que por siempre la Eco por su reinado «¡Afonso! ¡Afonso!», clamará, y clamará en vano.