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Era ya el tiempo en que el Planeta brillante, cuya carrera distingue las horas del día, llegó a su anhelada y tardía meta, velando a los ojos humanos su rayo celestial; y de su hogar oceánico, profundamente oculto a la vista, el Dios de la Marea Nocturna abrió el camino del portal; cuando la falsa y astuta gente acudió en masa alrededor de las naves, cuyas áncoras apenas habían mordido el suelo.