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Luego, dejando aquella costa de tórrido calor, los audaces proas inclinan sus rumbos hacia el sur, donde la Naturaleza quiso colocar sus confines más lejanos, el Cabo de Buena Esperanza, donde terminan las tierras australes; llevando las alegres noticias, y con la esperanza de saludar sus hogares lisboetas desde la Tierra del Mañana marchan, de nuevo resignados a las redes de terror tendidas por mares inciertos, alegres, a la par que temerosos: