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“Mira el monte Sinaí, con la soberbia y la pompa del féretro de plata de la santa Catalina: mira el puerto del Toro y Gidá, escasamente provistos de agua de fuente suave y cristalina: contempla los Estrechos que terminan el lado meridional de los áridos reinos de Adén, que aquí lindan con la alta cordillera de Arzíran, piedra desnuda y viva, de donde jamás se derivan las suaves y dulces lluvias del Cielo.