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“Mas ya el veterano—consagrado por los años al reposo y la apacible quietud, tras una vida de fatigas y pesares, hallándose en la ciudad, por cuyas praderas pastadas las olitas del Mondego besan el borde verde—; al saber cuán cerca se halla su hijo sitiado en Santarém por los moros cegados de saña, de la ciudad huye raudo para ir a su encuentro, despreciando el ocio de la vejez con ágiles y impacientes pies.