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—¡Izad vela! —dijo—, izadla alta al viento liberal, pues Dios lo manda, y el Cielo favorece a los suyos; desde esos claros sitiales fue enviado un mensajero tan solo para apresurar nuestros pasos y guiar nuestros fines.
Mientras tanto, los marineros se preparan para zarpar; todos trabajan y cada guardia cuida de su ancla; los pesados hierros son levados con gozosos gritos, y la fuerza nervuda, orgullo del marino, se despliega.