82
No huía ya la bella Ninfa, para jugar con el corazón de su triste perseguidor, ni para poner a prueba su poder; sino para gozar aún del dulce canto que relataba la amorosa agonía del soldado:
Inclinando su frente que irradiaba un rayo santo, bañada toda en dulces sonrisas de apacible alegría, cae víctima a los pies del vencedor, fundida en puro amor por su amada derrota.