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¡Tú, poderoso Soberano! sobre cuyo altísimo reino el Sol naciente derrama la más temprana sonrisa de luz; lo ve desde la llanura central del firmamento; y lo divisa hundiéndose en el pecho de la Noche:
¡Tú, a quien esperamos aclamar como la plaga, el azote del deshonrado caballero ismaelita!; y del turco oriental, y del infiel gentil que bebe el licor del Río Sagrado: