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Tomándole la mano, guía a su huésped directo a una encumbrada colina divina, cuya cúspidez es una espléndida quinta de recreo, revestida de oro purísimo y brillo de cristal.
Allí descansan la mayor parte del día, donde reinan el juego amoroso y los placeres duraderos: la Reina disfruta de sus amores en los cenadores del palacio, las Ninfas en las sombras silvestres entre las flores.