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“Ya el Sol, ardiendo con fulgor, su carro había guardado en el lecho de Tetis, y su rayo oblicuo descendía hacia poniente, trayendo en su séquito a Héspero, para cerrar aquel raro y memorabilísimo día: Cuando de los moros aquellos dos valientes soberanos barrieron los densos y temibles escuadrones, con tan cruel carnicería como jamás contó de los hombres la página de la Historia desde que el mundo comenzó.