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Insiste el de Malabar que su huésped permanezca prisionero, hasta que las órdenes acerquen la Armada; él, constante, encendido por un ardiente y altivo desdén, escucha cada amenaza con oído sin temor; antes soportará el peso sobre sí que la vileza nacida del odio y el miedo machina, que exponer a la sombra de un riesgo la armada de su Señor, a salvo de los enemigos.