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“¡Y tú, oh noble Lisboa! tú, ceñida de corona, princesa electa y bella de urbes capitales, construida por el rey errante y de elocuencia dable, cuyas astucias derribaron la ardiente muralla de Dardania:
Tú, a quien obedece el piélago profundo, aprendiste a soportar el yugo del lusitano, auxiliada por poderosas armadas en el tiempo en que llegaron de cruzada desde el clima boreal.