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Bien pudo, despojado de sus rayos, ¡oh Sol!, parecer ante demonios tales en día tan sombrío y funesto; como cuando Tiestes comió las carnes que eran su propia simiente, a quien Atreo mató para mortificar a su padre.
¡Y vosotros, oh valles profundos!, condenados a escuchar su último grito expirar de entre labios ya rígidos —el nombre de su Pedro—, captasteis aquel sonido doliente, cuyos ecos lo llevaron muy, muy lejos.