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“Te colocó, ¡bella Inés!, en un suave retiro, cosechando los primicias de tus dulces y jóvenes años, en ese delicioso Sueño, en ese caro Engaño, cuya larga duración el Destino aborrece y teme: muy cerca de los ansiados prados del Mondego tu asiento, donde perduran, fluyendo aún, aquellas hermosas lágrimas, hasta que cada árbol y arbusto nacido de la colina confesó el nombre de Él, profundamente esculpido en tu pecho.