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Ardiendo en deseos el siervo del ídolo por ver las maravillas que el moro le había contado:
ordenó tripular las barcos, y sin demora se dispuso a contemplar las naves que portaba Gama:
ambos dejan la costa, y tras su bote vinieron las huestes de Nair, hasta que el Océano se hizo espuma:
escalan las bordas recias y altas de la nao capitana; y, alcanzada la cubierta principal, son recibidos por Paulo.