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Pero al llegar a este punto, cuando cada cual atisbaba con oído atento, ¡he aquí que el capitán, escrutando el cielo y las nubes, toca su silbato; se despierta al oírlo, a babor y a estribor, toda la multitud sobresaltada: y, a medida que la brisa soplaba cada vez más fresca, aguda y violenta, ordenó a gritos que aferrasen las gavias—: «¡Listos, muchachos! Cuidado, que el viento arrecia desde ese nubarrón negro que tenemos enfrente».