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Huyen así los moros; el Piloto que a los barcos había guiado solo en inminente y mortal riesgo, creyendo que sus odiosos planes eran por todos conocidos, se precipitó en las amargas profundidades y huyó nadando.
Mas como su rumbo había evitado la firme roca donde toda esperanza de amada vida habría perecido, pronto nuestro Almirante echa el ancoraje, y, cerca de ella, recogen las velas los demás.