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Aún más, el mensajero que a tierra fue a reclamar la promesa del guía necesario, oyó tono de batalla al replicar el moro, aunque nadie hubiera estimado que así había replicado.
Por lo cual, y juzgando cuán dura es la contienda de quienes en pérfido enemigo confían, marchó bien armado, prevenido y sin arriesgar nada, en sus tres lanchas —todos los botes que trajo—.