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Lo abraza nuestro Jefe, a quien grandemente placen los muy recordados acentos de Castilla; lo sienta cerca, y le pregunta sin premura acerca de la tierra y las gentes que en ella habitan.
Así como se apiñaban en el Ródope los árboles para escuchar al Amante de la doncella Eurídice resonar su lira de oro, la gente se agolpaba para escuchar al Moro.