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«Mas, puesto que nada se gana, ni bueno ni excelso, sin tropiezos, y se ve que tras los pasos de la hermosa Esperanza va siempre el Miedo acechando —el cual se complace en nutrirse del sudor de su pecho—, me parece que te dignas confiar muy poco en esta mi entera verdad, ni prestas atención a otras razones que debieras sopesar si no depositaras tu confianza en hombres indignos de ella».