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Apresurando los proyectos que aún tenía entre manos, el fatigado Padre envió a su fornido y joven hijo, ordenándole partir hacia la tierra del Alentejo, con impedimenta bélica y numerosos soldados.
Sancho, soberano manejador de la espada, avanzando directamente, hace correr con sangre roja el arroyo cuyas aguas alimentan a Sevilla e inundan, teñidas por la sangre bárbara de los brutales moros.