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Guarda para sí entretanto un infiel Roy, la Ciudad de Jerusalén, la terrestre; que no guarda la ley santa, sino que osa desafiar a la Ciudad de Jerusalén, la celestial.
¿Qué hay entonces de ti, Galia vil, qué necesidad hay de que hable? tú que a tu jactanciosa persona «Cristianísima» querrías llamar, no para que tal título te guarde y ampare, ¡sino para que el nombre por ti sea manchado y afeado!