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Aquellos fieros proyectiles, obra de nuestros días, motores homicidas, funestas artillerías, contra los muros bizantinos, donde mora el turco, mucho antes habrían vomitado sus baterías.
¡Oh, arrojadlo de vuelta a las cuevas del bosque para que aceche donde se hielan las crestas del Caspio y las estepas de Escitia, prole del ogro turco multiplicada por la política y el orgullo de la opulenta Europa!