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“ ‘¡Ay!, ¡cómo pesa relatar mi triste desdicha! Pensando a mi amante en estos brazos retener, mis brazos a una escarpada Montaña abrazaron, revestida de zarzas, un páramo espantoso: Frente a esta roca, erguida cara a cara, que por aquel rostro angelical envolví, ya no era un Hombre, ¡no!, desamparado y solo, una roca, una piedra, ante una piedra me erguí.