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Mientras esto ocurre en el etéreo reino —del Olimpo la cumbre omnipotente y serena—, el pueblo guerrero surca el mar curvo entre rumbos australes y orientales; donde la faz de la llanura etíope afronta la muy famosa isla de San Lorenzo; el más brillante fulgor del Sol llovía fuego sobre las divinidades acuáticas, las cuales, convertidas en peces, escaparon de la ira de Tifón.