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Más allá del germánico Albis y del Rhene, y enviados desde el neblinoso margen de Britannia, para asolar y matar a la gente sarracena, muchos habían navegado con santos pensamientos devotos. Ya alcanzada la desembocadura del Tajo, nuestro ameno arroyo, fueron al real campamento del gran Afonso, cuya alta fama desde allí asaltaba los Cielos, y pusieron sitio a los muros de Ulysséa.