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Así trató la turba homicida a la bella Inés; en el cuello alabastrino que sostenía los encantos con que el Amor podía subyugar el amor de aquel que, después de su muerte, la coronó como su Reina; bañando sus hojas; las flores de nívea blancura, que a menudo regadas por sus ojos habían sido, quedan teñidas de sangre; y arden con ciego odio, sin importarles los tormentos que el Destino les tenía reservados.