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Una amplia y señorial barcaza, bajo un dosel de delicadas sedas teñidas de diversos matices, transporta al rey de Melinde, acompañado por los señores y capitanes de la tierra que gobernaba. Ricamente ataviado llega, con toda la pompa y el orgullo que las costumbres de su país y su gusto dictaban; un precioso turbante envuelve su cabeza, tejido de algodón con oro e hilo de seda.