que eran tan viejas como Paracelso. ¡Bébela! Puede que sea menos calmante que una conciencia sin pecado. Eso no puedo dártelo. Pero calmará la hinchazón y el oleaje de tu pasión, como aceite arrojado sobre las olas de un mar tempestuoso.
Él le tendió la copa a Hester, quien la recibió con una mirada lenta y profunda a los ojos de él; no precisamente una mirada de temor, sino llena de duda e interrogante sobre cuáles podrían ser sus propósitos. Miró también a su hijo dormido.
—He pensado en la muerte —dijo ella—, la he deseado, incluso la habría suplicado, de ser propio que alguien como yo suplicara algo. Sin embargo, si la muerte está en esta copa, te ruego que lo pienses de nuevo antes de verme apurarla. ¡Mira! Está ya misma en mis labios.
—Bebe, pues —replicó él, conservando la misma fría serenidad—. ¿Tan pouco me conoces, Hester Prynne? ¿Acaso mis propósitos suelen ser tan superficiales? Aun si ideara un plan de venganza, ¿qué mejor podría hacer para lograr mi objetivo que dejarte vivir, que darte medicinas contra todo mal y peligro para la vida, para que esta ardiente vergüenza siga llameando sobre tu pecho?
Al hablar, apoyó su largo dedo índice sobre la letra escarlata, la cual, al instante, pareció abrasar el pecho de Hester como si estuviera al rojo vivo. Él advirtió su gesto involuntario y sonrió.
—Vive, por lo tanto, y lleva contigo tu condena, ante los ojos de los hombres y de las mujeres; ante los ojos de aquel a quien llamaste tu esposo; ¡ante los ojos de esa criatura de allá! Y, para que puedas vivir, tómate este brebaje.
Sin más parlamentar ni demora, Hester Prynne apuró la copa y, a indicación del hombre de ciencia, se sentó en la cama donde la criatura dormía; mientras él acercaba la única silla de que disponía la estancia y